La trampa de Afganistán"Vamos a ir contra ellos ferozmente en los próximos años". Así se refería Obama a los talibanes el pasado día 7. Desde la campaña electoral, el presidente electo norteamericano viene dando la mayor importancia a la lucha en Afganistán. A su juicio la guerra allí es prioritaria sobre la de Iraq, que considera mejor encaminada hacia la normalización desde los acuerdos con Bagdad para la retirada estadounidense de aquí al 2012.
Hasta Bush, en sus últimos días en la Casa Blanca, comparte la idea. Hace tiempo que viene insistiendo en que sus aliados de la OTAN aumenten el envío de tropas a Afganistán. Y puso al general Petraeus al frente de todas las tropas norteamericanas en la amplia área Iraq-Afganistán para que comandara las que operan en este último país, precisamente porque su actuación concreta en Iraq mejoró indudablemente allí la situación.
¿Por qué Afganistán exige dedicarle atención y esfuerzos especiales?
Evidentemente porque la situación de las fuerzas norteamericanas, de la OTAN y varios países que operan allí es cada vez más apurada. La publicación reciente de un informe del Consejo Internacional de Seguridad y Desarrollo (ICOS), con sede en Londres, indicaba que el país está en serio peligro de caer en manos de los talibanes. Informaba de que está prácticamente dominado por ellos el 72 por ciento del territorio y parcialmente en un 21 por ciento, quedando apenas un 7 por ciento de claro predominio de las fuerzas internacionales.
Que los talibanes recuperaran el poder en Afganistán repercutiría de manera muy directa y alarmante en Pakistán. Hasta en India e Irán. Y en general, en los conflictos de Oriente Medio. Estados Unidos y sus aliados sufrirían las consecuencias políticas y geoestraté-gicas de la sonada victoria de una de las formas más acusadas del radicalismo islamista con eco en todo el mundo musulmán. Al Qaeda recuperaría una formidable base de operaciones.
Obama ha dicho que si es preciso para vencer a los talibanes que operan en Afganistán, llevará la acción militar a sus bases en Pakistán con toda la dureza necesaria.
El presidente electo Barack Obama con el presidente afgano, Hamid Karzai.Afganistán es ahora una gran trampa. Hasta Kabul, la capital, padece constantes atentados y el Gobierno de Karzai es como un refugiado en la zona protegida. Pero el riesgo es política y estratégicamente peor porque talibanes y milicias musulmanas de variadas procedencias, más o menos afines a Al Qaeda, llevan el desorden y la violencia a la provincia noroccidental de Pakistán y a la misma ciudad pakistaní de Peshawar.
Y todo lo que toca a este país de 200 millones de habitantes es tan delicado como complejo. En sí mismo.
En Afganistán se juega geoestratégicamente mucho más que el propio futuro. La vecindad de Pakistán ha sido decisiva para contrariar o imponer a quienes ocupan el poder en Kabul, con el visto bueno o la colaboración de Estados Unidos. Contra los rusos primero; después a favor, y luego contra los talibanes.
Siempre contando con los servicios secretos pakistaníes, el famoso ISI, al que todavía se supone detrás de la acción talibán y hasta de los atentados islamistas internos y en India. Aprendió bien lo que es Afganistán la Unión Soviética, cuyas tropas fueron derrotadas en la encrespada orografía del país invadido por ellas. Un descalabro militar que ocasionó en parte nada menos que el derrumbamiento del Estado comunista y su imperio. Afganistán ha sido, históricamente, un hueso duro de roer. Y así sigue.
Por esto parecen inútiles o contraindicados todos los remedios que se exponen para llevar allí abuen fin los proyecyectos militares y civiles contra los talibanes y Al Qaeda y, a la vez, la normalización política, social y económica.
Ni la vía militar ni otras de orden humanitario parecen ofrecer de verdad la pacificación del paísAfganistán es un país abrupto, de clanes y tribus contrapuestos. Pobre, analfabeto, violento. Y se impone el mayor escepticismo cuando se especula sobre corregir los errores cometidos, pasando a actuar en el ámbito local, sirviéndose de instrumentos no violentos de orden humanitario, de ayuda económica y fomento de la democracia desde la base y no desde la pirámide, adaptándose a la realidad comunitaria tradicional. ¿Cómo combinar estas buenas intenciones y a la vez atacar, bombardear, evitando los daños colaterales sobre la población civil que favorecen a la causa talibán? Cuando Obama habla de golpear en tierra pakistaní si fuera necesario, es inevitable el reflejo de echarse las manos a la cabeza.
Carlos NadalFuente La Vanguardia (Edición Papel).